Luis Rubio / Reforma Los síntomas -y paradojas- son evidentes en todas partes. Nadie puede dejar de verlos, cualquiera que sea su posición, pertenencia partidista o actividad. El país hace agua por todas partes y, al mismo tiempo, cuenta con impactantes fortalezas que no se explotan a cabalidad porque algo las limita y entorpece. Hemos […]
Luis Rubio / Reforma
Los síntomas -y paradojas- son evidentes en todas partes. Nadie puede dejar de verlos, cualquiera que sea su posición, pertenencia partidista o actividad. El país hace agua por todas partes y, al mismo tiempo, cuenta con impactantes fortalezas que no se explotan a cabalidad porque algo las limita y entorpece. Hemos hecho ingentes avances en un sinnúmero de áreas y, sin embargo, hay algo que no acaba de cuajar: el cambio se da, pero no se consolida y la población no ve beneficios. Las disputas políticas cotidianas, que naturalmente se magnifican en periodos electorales, tienen razón de ser porque reflejan un sentir nacional.
Quien quiera que vea el panorama general no podrá dejar de observar los contrastes que nos caracterizan porque revelan nuestra forma de ser, pero también las limitaciones auto impuestas al desarrollo. Aquí va una pequeña muestra de lo cotidiano, claramente no exhaustiva:
Ejemplos hay miles y todos sabemos y vemos estas y muchas otras manifestaciones de lo que es nuestro país: los extraordinarios avances y el enorme desperdicio. Se emprenden proyectos de enorme alcance y valía -igual en materia de reformas estructurales que de infraestructura, construcción de instituciones (como la Suprema Corte) y liberalización de mercados- pero luego se les limita por los absurdos de nuestro sistema político y, muy especialmente, por la indisposición del viejo sistema político a abrirse y ceder en sus privilegios.
Como en la novela del Dr. Jeckyll y Mr. Hyde, relativa a una misma persona que tiene dos caras, una buena y una perversa, el gobierno mexicano -en realidad, el sistema político, porque incluye a todos los que ahí participan- es dos cosas a una misma vez: un ente progresista y promotor de cambios y desarrollo, por un lado, y un bodrio que explota a la población, depreda de ella y pretende que nadie se da cuenta, por el otro. Desde luego, es imposible ver cada una de las fechorías que ocurren en todos los ámbitos del sector público, a todos los niveles de gobierno, desde el municipio más modesto hasta la presidencia, pero lo que es indudable es el efecto general: las cosas no se concluyen porque eso implicaría afectar a alguno de los beneficiarios del sistema. Y, en esto, todos los partidos son iguales.
Todo esto hace perfectamente explicable la incredulidad del ciudadano común y corriente cuando un funcionario afirma que la obra pública que realizó va a transformar a su municipio o cuando un secretario de estado elogia una determinada reforma. Difícil de creer porque los beneficios toman tiempo, pero también porque muchas veces estos no son como se anunció: el segundo piso en la CDMX resolvió el transporte entre extremos de la ciudad pero no se pensó en las bajadas a la realidad cotidiana, la de los embotellamientos interminables.
El país va a cambiar, y dejar de ser tan rijoso, cuando deje de haber un Jeckyll y un Hyde, cuando el gobierno se dedique a resolver problemas y gobernar para todos, no sólo para sí mismo.